sábado, 11 de noviembre de 2017


VIOLENCIA DE GÉNERO
Perros sarnosos, gentuza, cobardes, escoria humana, basura, hienas, bestias pestilentes desechos sociales, seres infectos, viles asesinos….
Podría seguir escribiendo calificativos, que no insultos, durante medio folio y nunca serían suficientes para etiquetar  a esa lacra, que cada día se extiende más y más en nuestra sociedad, dejando muerte y desolación tras de sí; con familias rotas, con huérfanos desconsolados, con abrazos de impotencia entre las víctimas colaterales y gestos de incredulidad entre los vecinos.
Cada pocos días aparece, abriendo los telediarios la noticia del maltratador, con o sin orden de alejamiento, que en un acto de cobardía absoluta y de rencor infinito, acaba con la vida de alguna mujer en nuestro país, por el mero hecho de haber terminado una relación sentimental con ella.
Cuanto mayor es el daño, mas regocijo y satisfacción interna causa en el maltratador, ese verdugo que experimenta una tremenda ola de placer, cuando acaba con la vida de la otra persona, a la que teóricamente amaba, tan grande que en ocasiones, acaba con su propia vida después de su deleznable acción, ha satisfecho su deseo de sangre, ya sembrado el dolor tal como tenia previsto; y ahora se inmola ante la cobardía de tener que afrontar sus responsabilidades ante la justicia. Justicia que por otra parte se está demostrando inútil, ineficaz, sin capacidad para frenar a esta manada de asesinos, que están en estado latente en nuestra  sociedad
Unas porque denuncian, otras porque no lo hacen, pero en la mayoría de los casos, es de dominio público que el maltrato existía con anterioridad a la luctuosa actuación del maltratador, del que todo el barrio sabía de su afición a soltar la mano y no precisamente para acariciar.
Las campañas se demuestran poco eficaces, y como siempre la base para evitar determinados comportamientos está en la educación, una educación que tiene que ser impartida desde los primeros días de parvulario, incluso antes, desde que el bebé sale del vientre de la madre, enseñándole a respetar, ano agredir, a tolerar y a reconocer que nada es para siempre y que cada persona tiene la absoluta libertad para tomar sus propias decisiones, en cuanto a su  manera de vivir, en tanto no perjudique a los demás.
Sigue  vigente l creencia de que por el mero hecho de invitar a  copas, comprar regalos o pagar viajes, se ha comprado una propiedad, se ha adquirido una esclava a la que se “quiere locamente” y sin la que no es posible vivir; pero nada más lejos de la realidad, no se adquiere nada con regalos, se adquiere con gestos, con detalles, con cariño y entrega, con consenso y tolerancia, con generosidad a la hora de terminar una relación, que por el motivo que sea se ha venido abajo.
Una vida de pareja es un contrato basado en las premisas anteriores y no tiene fecha de finalización, cada uno lo da por finiquitado cuando lo considera oportuno o cuando encuentra uno  mejor; y que yo sepa nadie  mata o abofetea a su socio cuando este rescinde el contrato societario, por falta de confianza, por haber encontrado  mejor socio, o por cualquier otro motivo.
La brutalidad de estos seres que van de “ machotes” no deja de ser inseguridad, cobardía, miedo al ridículo, reafirmación de una masculinidad mal entendida, nadada en una educación equivocada, recibida en casa, en la escuela y en la sociedad a lo largo de generaciones.
Educación, educación y más educación.

Medidas cautelares eficaces, pulseras telemáticas, órdenes de alejamiento más severas, más controles policiales, mejores valoraciones de riesgos, más dureza a la hora de falsas denuncias, para  evitar dar pie a los que usan ese dato para justificar algunos fallos, información  pública de medidas  restrictivas, para que cualquier ciudadano, pueda  dar la voz de alerta a la  policías de la zona.
Menos silencios cómplices y cobardes, salvarían mas de una vida, metetelo en la cabeza.

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