miércoles, 28 de junio de 2017

COSTA RICA - QUEPOS- MANUEL ANTONIO

4.-QUEPOS-MANUEL ANTONIO
Mi interés en conocer Centroamérica y en especial Costa Rica,  hace que  me pase unas horas charlando con David y Beatriz, a fin de  establecer más o menos un sistema de visitas, a los cientos de lugares de los que he oído hablar y que  parecen ser todos ellos de una belleza sobrenatural.
Pregunto  por la estación del tren y mis anfitriones me dicen que solo hay dos líneas de tren, que hacen desde San José,  la capital dos rutas, una hasta Alajuela y otra en sentido contrario, hasta Cartago, con un recorrido aproximado de 40 kilómetros en cada sentido, que la frecuencia es de dos trenes al día, que la lentitud es pasmosa y que el estado de los trenes y vías es más que lamentable, así que no me queda más remedio que decantarme por los autobuses.
Tomamos los  folletos que me había  conseguido el poli y decidimos (decidieron) que lo mejor era empezar por la costa pacífica y ; realizar los recorridos en sentido de las agujas del  reloj, marcando como primer lugar de visita la playa de Dominical, un sitio  plagado de surferos y algún que otro perro-flauta,  especie con la que me siento especialmente identificado.
Como buen mochilero, meto  lo imprescindible para pasar una semana recorriendo poblaciones de nor-oeste de  Costa Rica  y a las 5 de la mañana ya estoy subido a un bus, que  me llevará hasta Dominical; un trayecto de 35 kilómetros para el que se emplea casi hora y media. El bus tose, los asientos son  mínimos, el aire acondicionado no existe y el viento entra por las ventanas abiertas  abofeteándote con su calidez en el rostro.
Las calles de Dominical son de tierra, los tenderetes de vendedores copan todo el borde de la playa,  las tablas de surf  brillan sobre las impresionantes olas del Pacífico, el calor a pesar de ser las 7 de la mañana es agobiante y más con una mochila colgada a la espalda.
Con todo y eso, me extasía  el mirar al Pacifico, es la primera vez que lo veo, su majestuosidad aplana, las olas rompen violentamente contra la arena de la playa saturada de ramas de palmera y de enormes troncos arrastrados por las corrientes. No está excesivamente limpia, supongo que,  porque aún no es temporada alta de turismo
Tras un paseo a lo largo de la playa, desayuno un “Gallopinto” con un café chorreado y compro una botella de agua. No es nada barato el chiringuito, pero es lo que hay.
La población no pasa de ser un pequeño pueblo que no creo que llegue a los mil habitantes, extendido a lo largo de la playa, carece de interés arquitectónico, así que  me voy a la parada de buses, para tomar otro hasta  Quepós, una población algo más grande con puerto de mar y hospedajes  a mejores precios. La ruta es por el borde de la costa, siguiendo la carretera  nacional  “la costanera” lo que  hace que no haya prácticamente curvas ni rampas, así que la velocidad es aceptable aunque el trasto es una copia exacta del anterior, que me trajo hasta Dominical.
Llego sobre las 13 horas y el sol es tremendamente cruel, me derrite el cerebro a pesar del sombrero y después de una cerveza bien fría, la omnipresente “Imperial” pregunto dónde encontrar un sitio para hospedarme.
Unas cabinas regentadas por un hombre de unos 70 años,  se convierten en mi casa por unos días al módico precio de 25 dólares una la noche, tiene ventilador de techo, otro adicional en el suelo y ducha, cama con sabanas limpais y dos diminutas tohallas.
Paseo la cuidad, ya sin la chepa mochilera y como en el mercado, lo habitual, un casado (arroz frijoles y algo de carne)  una cerveza y como mi cuerpo ya no resiste, me vuelvo a la cueva a dormir una siesta hasta la puesta del sol, que emerjo de nuevo a una ciudad con menos luz, pero abrasadora.
No hay demasiado que ver, el puerto está cerrado, solo acceden los camiones que cargan mercaderías y su entorno está sumamente sucio y descuidado, paseo por el malecón, tratando de encontrar una brisa, que se ha esfumado antes de mi llegada y solo percibo el cálido y húmedo aliento del Pacífico.
Unas cuantas fotos a los pájaros y  lagartijas que merodean en busca de insectos y me siento a ver, como el sol desaparece entre una  bruma rojiza en el horizonte, un sol enorme,  rojo como la sangre, un sol que me recuerda aquel que veía cada tarde, desaparecer entre las colinas de Kinshasa.
Grupos de jovencitos de no más de 18 años pasean con calma pasmosa por el malecón, se  toman de la mano y se sientan al borde a ver  el atardecer, algún tímido beso en la mejilla y  a seguir mirando la plateada espuma que generan las olas.
Tomo un sorbo de agua que está más que caliente, pero al menos  humedece la garganta y aguanto hasta que  la noche empieza a  aparecer, cubriendo todo,  con su manto de oscuridad, momento en que busco un bar donde cenar algo, para irme a descansar, son muchas horas de calor, al que no estoy habituado y mis energías se resienten.
Tras la cena me voy  a mi cabina y me propongo hacer planes para el día siguiente. Lo más recomendable y recomendado es conocer el parque nacional de Manuel Antonio, una reserva nacional, de la muchas que hay, en las que los folletos te dicen que hay cientos de animales exóticos, a los que puedes fotografiar, sin usar flash y que no debes molestarlos bajo ningún concepto, ya que son animales en estado salvaje y pueden estresarse.
La publicidad enumera a algunos de ellos, monos aulladores, tortugas, serpientes, arañas gigantes, ranas verdes y amarillas, mariposas, zopilotes, alcatraces, gaviotas, águilas, armadillos, perezosos.….
La oferta es  seductora y al día siguiente dejo en el hostal casi todo menos el agua, la cámara de fotos y el repelente de mosquitos y vuelvo a tomar un bus para ir al parque. La entrada para los locales  es un dólar, para los turistas 16 dólares.  Pago y empiezo a caminar por caminos de tierra, protegido por las inmensas ramas de los árboles de las de 25 metros de altura.
Un grupo guiado va delante de mí y, yo remoloneo, a fin de poner el oído y enterarme de las indicaciones del guía. Explica donde teóricamente deberían estas los monos aulladores y los perezosos y nadie consigue verlos, así que le aclara que con estos calores están en el interior de la selva dormitando.
Después de más de dos kilómetros de caminata, donde he entablado conversación con una muchachita israelí, pero que habla español con acento mexicano, llegamos a un punto de la playa, donde poder bañarnos y descansar en unos bancos  escasos a todas luces, con arreglo al número de personas que estamos en el parque, así que la chica y yo nos vamos  más lejos y nos tumbamos bajo un árbol de mango,  que tiene una frondosa copa y que proporciona una sombra  relativamente agradable.
Fotos y más fotos, y regreso al punto de encuentro donde los turistas, en su mayoría yanquis, se hacen fotos con los monos aulladores, que ya no son salvajes, sino que se ponen en los hombros de los turistas para comerse un cacahuete, mientras son fotografiados entre tanto, las iguanas enormes o pequeñas, reptan por la arena y roban trocitos de comida a los turistas que almuerzan sobre la arena; hasta los zopilotes, los omnipresentes buitres de pequeño tamaño, que invaden cada rincón del país, se acercan descaradamente dando saltitos para pillar algo de alimento. Este no es el concepto que tengo yo de la vida salvaje.
Tras un sándwich, acompañado de la turista israelita (ella es cosher o como se diga) y solo come determinadas cosas, nos vamos juntos a visitar las cataratas, que al parecer son preciosas.
Hora y media de caminata cruel bajo un sol de justicia, ramas, raíces, polvo, y el sonsonete enloquecedor de las chicharras, de las que hay miles pero todas ellas invisibles,  conseguimos ver dos lagartijas y algo que podría ser un faisán,  llegamos a las cataratas.
Desilusión. No tenían ni una sola gota de agua, aquello era un secarral donde ni siquiera podías lavarte las manos, o refrescarte el rostro. Con un cabreo más que considerable regresamos a  la entrada y  manifestamos nuestro malestar al controlador de la entrada, por esa caminata absurda; que se encogió de hombros, esbozó una sonrisa y nos dijo
La  cascada seca también es bien bonita, “mae”.
Tomamos el bus de regreso y quedamos en enviarnos las fotos, que nos hicimos uno al otro, promesa que hasta el momento ninguno de los dos ha cumplidoespero hacerlo un año de estos.
Dos cervezas  congeladas en una jarra inmensa repleta de hielo (toman la cerveza con hielo) un bocadillo de fiambre y  a descansar en espera de un próximo día.
Mañana toca  Jacó
Me duermo mientras la tele ronronea las noticias donde dice que han muerto dos motoristas y que el puente de la Platina se pondrá en servicio en unos días.

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