sábado, 10 de marzo de 2018



COSTA TICA; PÓRTICO DEL EDEN.
VISITA A CENTROAMERICA



5.-JACÓ

Ganitas de dan de salir corriendo, las dificultades que entraña moverse por un país donde las exuberante naturaleza contrasta con los enormes problemas para moverse, crea cierta desesperación en el viajero, un tanto impaciente que soy  yo. Los autobuses, los tan nombrados autobuses “ticos”  - para aquellos que no lo sepan  a los costarricenses se les llama ticos, ellos mismos se llaman ticos y todo lo que hay en el país es  tico- , pues bien los buses; son todos de la misma época, o sea de unos  20 – 25 años, traídos de otros países, donde ha han dado el do de pecho y vienen a recalar aquí  a base de  parcheo y reparaciones para salir del paso.
Son lentos, carecen de potencia, son sumamente incomodos, no tienen acondicionador de aire por lo que las ventanillas van siempre abiertas.
Los horarios son de lo más dispar, así que puede que para ir de un sitio a otro, tengas que esperar tres cuatro horas para pillar uno de estos jamelgos.
Tengo suerte y consigo billete  para Jaco, que esta unos 40 kilómetros más arriba, léase norte,  también al borde de la Costa del Pacifico.  Más de una hora y media en llegar, porque estos buses paran en cada pueblo, además entran dentro del mismo y pueden hacer paradas tan seguidas, como los buses urbanos de cualquier  ciudad española.
Palancas de cambios  largas, que bailan al son que el chofer les toca, y que golpean las corvas de los viajeros, que se apelotonan en el pasillo, van llenos  hasta  los topes, son pocos buses y muchas las personas que quieren desplacerse, aquí   hay pocos  coches particulares y además la  gasolina es más cara que en España.
Acomodado en el primer asiento, voy preguntándole al conductor (aquí se puede hablar con ellos) y me va explicando que toda esa llanura entre la costanera y el mar,  ahora convertida en una  auténtica selva de palmeras de aceite, controladas por una inmensa multinacional norteamericana, antes era la misma llanura sin fin  ocupada por bananeras, también propiedad de  los yanquis, pero un parásito acabó con los bananos y se reconvirtió  en  palmeral.
Me señala un edificio grande y cochambroso al que se acercan cientos de camiones y tractores cargados de  piñas de aceite  de más de 20 kilos de peso cada una. Es la factoría de transformación de la semilla de palma en aceite. Un olor  cálido y nauseabundo lo invade todo, los márgenes de la carretera están copados por los vehículos de transporte y  como  no hay arcenes, ocupan  más de medio carril así que  los vehículos que circulan se ven en la necesidad de  circular rozando la línea continua  durante más de tres  kilómetros que tiene  la hilera de camiones que parecen procesionarias del pino avanzando lentamente.
 Los adelantamientos son de infarto, por el borde de la carretera se mueven pequeñas motos de origen chino  de baja cilindrada ocupadas por dos, tres y hasta 4 personas, prácticamente  circulan sobre la línea imaginaria que separa la tierra del asfalto y tanto buses, como camiones como coches, les adelantan dejando una distancia tan escasa que al menor moviendo del manillar, acabarán bajo las ruedas del vehículo.
Legiones de niños, colegiales uniformados, esperan los transportes escolares que les van llevando a sus centros de educación. Algunos de estos niños también circulan sobre bicicletas llevando el hermano mayor al pequeño sobre la barra. Desde pequeños asumen el riesgo como algo natural, pero desde las casas a los centros escolares las distancias son considerables y no todos los padres tienen una moto para llevarles,
La charla discurre entre la información y la nostalgia y esta vez el viaje se hace más corto. Le doy las gracias y me apeo en plena calle central; no sé si hace más Calor dentro o fuera.
Lo primero es lo primero, así que una birrita y después preguntar un hospedaje económico. Pero esta población es de turismo más de clase y me cuesta un buen rato conseguir una habitación en el  “Buda Feliz”, un corralón  con  habitaciones a los lados del patio, sin mosquiteras y sin aire por el módico precio de 55 dólares más 10% de impuesto municipal; pero como no hay nada más baratito pues me la quedo.
Imaginaros una habitación que da al patio, sin persianas, sin aire con 36 grados de calor al borde del mar, con un 99% de humedad…
Dejos los bártulos y me voy a la playa, esa playa enorme, majestuosa y desierta en la que  como en las anteriores solo se mueven media docena de surferos y algunos yanquis jubilados que pasean somnolientamente con sus pantalones cortos, sus camisas hawaianas  y sandalias con calcetines.
El agua está caliente pero se está  mejor que fuera,  me quedo más de una hora sin salir de agua dejando que las olas me desplacen a su antojo. Después salgo y paseo por la playa abrasándome los pies, así que regreso al Buda y me cambio las deportivas por unas sandalias de cuero que a partir de ese momento se convierten en imprescindibles aun dentro del agua.
Almuerzo en una “soda”, una especie de restaurante baratito y siesta de las de pijama y  orinal, que diría Camilo José Cela. Hasta que los rigores solares dejen moverse por la cuidad para conocerla.
La calle principal es como todas, algo muy  sencillo, los edificios en Costa Rica son casi todos de una sola planta con paredes prefabricadas y techos de cinc y un cielo raso interior. Toda la calle está jalonada por tiendas de regalos y recuerdos,  restaurantes, sodas, “pulperías”, que son tiendecitas de barrio, nada que ver con los pulpos, tiendas de alquileres de tablas de surf, agencias de viajes,  salones de masajes de todo tipo, bicis de alquiler… en definitiva todo se mueve alrededor del turismo yanqui,  rarito es ver turistas de otras nacionalidades. De hecho en cada esquina los captadores de cliente  siempre se dirigían a mí en inglés;  debo tener pinta de  norteamericano con  pasta.
Las   palmeras de la playa se retuercen inclinando sus palmas hacía en  mar como intentando bañarse. Aprovecho la escasa sombra que prodigan  y doy un paseo cansino.
 Como viene siendo habitual en mis viajes,  compro una  postal para  Miry  y un dedal para Ángela, dos buenas amigas,  para el resto ya les compraré algo.
Salvo las tiendas no hay nada que merezca la pena visitar, como ya he dicho, el arte arquitectónico aquí se limita a casas prefabricadas y techos de cinc.
Cena frugal, mas cervezas frías, paseo en la oscura soledad de la playa  y prontito a dormir. Bueno lo de dormir es un decir;  embadurnado en  repelente los mosquitos siguen haciendo de las suyas, creo que el “Relex” les alimenta.
Cuando consigo quedarme frito a eso de las 9 de la noche, pero una música salvaje, no sé si bachata, si reggaetón o su puñetera madre se cuela por la ventana, rebotando en la paredes. Me meto tapones en los oídos pero es lo mismo. Una hora más tarde me levanto y voy a recepción a quejarme.  Me explican que no hay nivel de ruidos máximo y que la discoteca  (al aire libre) esta pared con pared con el hostal. Toda una puñetera noche en vela, hasta que a las 6 de la mañana, ya con el sol fuera se hizo el silencio  musical, sustituido sin solución de continuidad por las voces de los vendedores callejeros. Una noche de perros.
Pero la vida sigue  y estoy decidido  a continuar mi viaje en plan mochilero, así que nuevo bus y salida hacia Puntarenas.

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